No me cabe un curso más

Por más cursos y másteres que acumulemos, la promesa de que la educación garantiza un buen empleo se ha roto. Una reflexión personal sobre la inflación de títulos, el mercado tecnológico y el limbo laboral de emigrar.

contenido

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Ut elit tellus, luctus nec ullamcorper mattis, pulvinar dapibus leo.

Home » Blog » No me cabe un curso más

Se habla de que la inversión en uno mismo está más que validada social, cultural y personalmente. Nadie dudaría de que es mejor comprar un libro o inscribirse a un curso. Te dicen que te endeudes para ir a la universidad, que dediques horas de sueño, energía y esfuerzo para aprender y formarte más para ofrecer valor a la sociedad. La promesa es que, a su vez, esto se retribuirá con un salario justo, digno y oportunidades de trabajo acordes a ese tiempo y esfuerzo que le has dedicado.

Nada está más lejos de la realidad.

La promesa rota de la formación

Si por un lado formarse es una inversión con un supuesto retorno a largo plazo (nuestros padres lo saben y por eso insisten con tanto ahínco en que seamos buenos estudiantes y tengamos habilidades para sostenernos), al parecer las promesas de ese mundo donde el «formaser» era suficiente para obtener trabajos, se han desmoronado. Vivimos en un mundo cada vez más globalizado que poco a poco empieza a volver a cerrar fronteras, en una división del trabajo donde unos trabajan y otros viven de los subsidios.

En este contexto es donde he aprendido a las malas que, por más cursos que uno haga, al parecer la formación ya no es el boleto de entrada al trabajo formal ni a la clase media. Son incontables las horas y días dedicados a curso tras curso, online y presencial. Y aunque esto ha funcionado en el ámbito personal para conocer personas y hacer contactos, aún no he podido dar el gran salto adelante para trabajar de aquello que he estudiado.

Estudié Historia porque, al terminar el bachillerato, era de las materias que mejor me iban. Pero la nula motivación que me generaban las salidas laborales hizo que, incluso antes de graduarme, empezara a buscar trabajos que fuesen radicalmente diferentes a lo que estaba estudiando. Comencé como camarero, algo que no tenía nada que ver ni con lo que quería hacer con mi vida ni con nada de lo que había estudiado.

El espejismo tecnológico y el muro credencialista

En el fragor de los años posteriores a la pandemia, con el avance de la tecnología y las empresas de servicios globales, la programación se erigió como la gran oportunidad de trabajar para el creciente mercado global. Caí en la trampa. Me inscribí por primera vez en lo que sería una catarata de cursos sobre programación de computadoras. Empecé con algunos gratuitos y posteriormente hice la primera de las inversiones en formación para cambiar de carrera, con programas anuales de pago para aprender a programar.

El problema no fue aprender; el problema fue encontrarme con que los cursos o la autoformación representaban una barrera infranqueable frente a personas formadas formalmente en ingeniería y programación profesional. Nos venden la idea de que con saber hacerlo basta, pero la industria se cierra en banda y te exige el título tradicional. Resulta que esto tiene un nombre: «inflación de credenciales». El sistema educativo expide diplomas sin parar, y las empresas suben los requisitos mínimos de contratación artificialmente solo para filtrar candidatos, devaluando por completo el esfuerzo de quienes venimos de otras vías.

Emigrar con un máster: el pozo del desperdicio de talento

Posteriormente, cuando emigré con la promesa de obtener un permiso de residencia, tuve que buscar una estancia que me permitiera trabajar mientras estudiaba. Con un nuevo cambio de carrera en mente, me inscribí en un máster.

Varios miles de euros después, la misma barrera infranqueable de la autoformación y la falta de «experiencia demostrable» volvió a golpearme en la cara. Haber hecho un máster, pero tener un historial poco respaldado en esta nueva profesión y no haber hecho prácticas locales, hace que la barrera de entrada sea aún más difícil de superar. Los datos lo confirman cruelmente: los migrantes cualificados caen sistemáticamente en el Brain Waste (desperdicio de talento), atrapados en empleos que no requieren sus estudios debido a obstáculos burocráticos y a la falta de reconocimiento de su experiencia previa.

El Excel de la desilusión

Si ahora abriera un Excel e hiciera las cuentas de lo que he gastado —no solo comparando lo que invertí frente a lo que he podido recuperar, sino sobre todo basándome en los trabajos que realmente he terminado haciendo— el resultado da ganas de llorar.

Definitivamente no necesitaba hacer ninguna de esas formaciones para terminar haciendo lo que de todas formas terminé haciendo: trabajando en call centers, de camarero, o cargando cajas en mudanzas.

¿Para eso pagué tanto? ¿Para eso me ilusioné con tener un trabajo digno y satisfactorio? Las puertas del ascensor social están abiertas, pero cuando entras, te das cuenta de que no hay botones para subir.

Un comentario

  1. Hola gracias por compartir un poco de lo que pasa por la mente de los que no sabemos que otro curso más hacer

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Responsable: Carlos Andrade. Finalidad: Gestión de comentarios en el blog y atención a consultas. Legitimación: Consentimiento del interesado. Destinatarios: No se cederán datos a terceros, salvo obligación legal. Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos detallados a continuación.

Entradas relacionadas

Conoce a Carlos

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Ut elit tellus, luctus nec ullamcorper mattis, pulvinar dapibus leo.